- Presume EU sentencia contra “El Mayo”, el problema sigue
- Gana la ultraderecha, pero la guerra contra las drogas está perdida
- La guerra secreta de la CIA y su relación con narcotraficantes
Juan Barrera Barrera
“La adicción a las drogas es el enemigo público número uno de Estados Unidos”, declaró enfáticamente el presidente Richard Nixon durante una conferencia en la Casa Blanca en junio de 1971. Con esa expresión comenzó lo que se ha conocido como la “guerra contra las drogas”.
Era tan preocupante, ¿más que ahora?, el fenómeno de la demanda y el excesivo consumo de drogas (primero fue la marihuana, luego el opio, siguió la heroína, la cocaína y ahora el fentanilo), para el país del norte que el mandatario prometió una “una ofensiva nueva, sin cuartel (y) global”.
El lunes la fiscal general de Estados Unidos, Pamela Bondi, y el director de la DEA, Terrence Cole, celebraron en grande y en cadena nacional, “el triunfo crucial contra el narcoterrorismo”. Horas antes el líder del cártel Sinaloa, o uno de los líderes, Ismael Zambada García “El Mayo Zambada” se había declarado culpable de dos de los 17 delitos de que lo acusaban: de liderar una organización criminal durante un largo periodo, y faltas bajo la Ley de Organizaciones Corruptas e Influenciadas por el Crimen Organizado.
Trofeo para la ultraderecha, nada para Estados Unidos
Bondi, que la hace de tapete al paso de su jefe Donald Trump, rodeada por la cúpula de organizaciones de justicia estadounidense no ocultaba su felicidad por el show mediático que tenía como actor principal al narcotraficante más poderoso y buscado por la justicia estadounidense. Mencionó con agrado que “El Mayo” pasaría el resto de su vida en una prisión de allá. El juez Brian Cogan ya le había advertido al criminal antes de que se declarara culpable que sería sentenciado a cadena perpetua. Toda la parafernalia estaba preparada para aplicar “la justicia” gringa.
Claro que fue un gran triunfo, pero no para los Estados Unidos porque “la guerra contra las drogas” no se termina con el juicio contra Ismael Zambada o contra cualquier otro narcotraficante. Es un triunfo, en todo caso, para Donald Trump y los seguidores de su movimiento ultraderechista. Nunca mencionan el papel que juegan y han jugado los cárteles de las drogas estadounidenses que son los que se encargan de distribuir la droga en su territorio, por un asunto de doble moral.
La política de la administración Trump está enfocada en la presión a los gobiernos en donde operan las organizaciones criminales extranjeras, señalando a los gobiernos locales de no hacer lo suficiente para acabar con los cárteles a los que la Casa Blanca ha calificado de terroristas como pretexto para utilizar la fuerza militar extraterritorialmente, sin importar las consecuencias diplomáticas que pudiera causar la violación a la soberanía de otros países.
El gobierno de Donald Trump ha dado un giro en torno al combate al flujo del fentanilo al autorizar al Pentágono a actuar militarmente contra los cárteles de las drogas extranjeros, cuando antes esa tarea correspondía a las agencias policiacas y de inteligencia, con todas las implicaciones diplomáticas, legales el uso unilateral de las fuerzas castrenses contra esas organizaciones designadas “narcoterroristas”, principalmente latinoamericanas.
La acción trumpista impositiva no es más que un reconocimiento del fracaso interno de la “guerra contra las drogas” declarada hace 54 años. Es un error pensar que con la caída del “Mayo Zambada” el problema del tráfico y consumo de las drogas se va a resolver. En 2010, el líder criminal le aseguró al destacado periodista Julio Sherer García que “siempre surgirá alguien nuevo que lidere los cárteles mientras el negocio de las drogas siga siendo rentable”.
Guerra perdida contra las drogas
La guerra contra las drogas es una lucha perdida. Estados Unidos pasa por la mayor crisis de adicciones en décadas, alimentada por el fentanilo y otras drogas. Por décadas en el país vecino del norte el consumo de estupefacientes ha crecido en forma alarmante, es un mercado inagotable y los gobiernos no quieren aceptar que el problema lo tienen en casa y prefieren culpar a otros países. Tampoco quieren aceptar que la penalización por el uso de estupefacientes no es la solución, tiene que pasar por su legalización, en eso coinciden los especialistas.
A pesar de la ofensiva de los sucesivos gobiernos estadounidenses, las consecuencias de esta guerra antidrogas han traído incremento de la violencia y el surgimiento de carteles de las drogas cada vez más violentos, incremento en los índices de homicidios y delitos, la militarización de la seguridad pública, alto gasto público para el combate al tráfico y consumo de estupefacientes.
La utilización de las fuerzas castrenses en la guerra global contra las drogas puede traer consecuencias devastadoras, ya sea en las relaciones bilaterales y en las estrategias locales y en una suerte de desestabilización regional. Recuérdese el bombardeo, en 2008, a gran escala de militares colombianos apoyados por Estados Unidos a uno de los campamentos guerrilleros de las FARC en Ecuador en el que resultaron muertas unas 20 personas y desató una crisis diplomática por la violación a la soberanía territorial ecuatoriana. Y a finales de la década de los 80 la invasión militar directa en Panamá para detener a Manuel Antonio Noriega, antiguo colaborar de la CIA.
La CIA, drogas y sus guerras secretas
Sobre los resultados del Plan Colombia (a través del cual fluían cuantiosos recursos para dicha operación militar y judicial), Alfredo Rangel, coeditor del libro Narcotráfico en Colombia; economía y violencia, en entrevista en 2019 comentó sobre el narcotráfico que “Esta plaga tiene una característica singular: está mutando constantemente y no solo persevera luego de cada intento de eliminarla, sino que regresa con más fuerza aún como resultado de cada una de las estrategias utilizadas para combatirla”.
Tenemos que recordar que la historia del combate a las drogas de Estados Unidos ha sido una historia de hipocresías y complicidades de organismos con delincuentes. Está documentada las relaciones que la CIA habría establecido con narcotraficantes mexicanos, de Honduras y Colombia para abastecer de armas a la contrarrevolución nicaragüense como parte de la operación Irán-Contras, a mediados de los años 80 del siglo pasado.
Cómo obviar la guerra secreta de la CIA y su relación con traficantes de drogas. No solo eso. Su participación directa en la distribución del crack, una droga más barata que la exclusiva cocaína para la clase pudiente estadounidense, con el fin de financiar la guerra encubierta contra el gobierno sandinista. La agencia escogió comunidades pobres de negros la inundarlas de esa novedosa droga. Los índices de consumo se incrementaron, así como las cárceles de consumidores de color.
Esa historia no pasa por la mente de Boni ni mucho menos de Donald Trump. Es más fácil acusar arteramente a gobiernos extranjeros del irrefrenable consumo local. Mientras haya demanda, habrá oferta. La Casa Blanca puede seguir haciéndose de la vista gorda.
























