Entresemana

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Moy, hace 5 años

“Abrázame que el tiempo pasa y él nunca perdona…” Juan Gabriel

Moisés Sánchez Limón

Sí, te extraño sobremanera; te tengo cerquita, pero te extraño, hijo.

Traigo tus palabras, tu siempre cálida voz de esos días cuando niño viajabas conmigo y, luego, transitada la vida y desbordante de experiencia, joven adulto, ibas de copiloto desgranando la plática rumbo a mi pueblo San Lorenzo Chiautzingo.

Me compartías retazos de tus viajes, del trabajo, de los desencuentros y las ganas de seguir de frente.

“¡Ay, papá! ¿Para qué tuviste tantos hijos?, tu dinero los vas a disfrutar hasta que tengas 80 años”, me comentabas de vez en vez cuando aludía a mi pensión y retrasaba el trámite. La vida sonreía y no hacía planes para el pasado mañana.

Nos resistíamos a asumir la partida de tu hermana, Yaz, ocurrida en 2016. Y hablábamos de ella y de cuando, igual, viajaba conmigo y cantábamos en acompañamiento de la canción que escuchábamos en el reproductor de discos compactos, esos que ya son historia en esta dinámica de un día ser y, al siguiente, tener la consecuencia de la modernidad y lo imprevisto.

Y…

Pasábamos por un café a ese pequeño restaurante a la vera de la autopista México-Puebla. ¿Cuándo fue, Moy? La fecha se me pierde entre tantos recuerdos que sólo me importa recordar los días que siempre fueron felices.

Sí, te hablo en pasado, hijo. ¿Será porque ya pasaron cinco años desde aquel momento en que esa voz neutra, ausente de calidez, me informó que te habías ido? Se me partió el alma y perdí la fecha, quizá porque me resistí a saberte ausente. Porque…

También te hablo en presente, sobre todo en estas noches silentes, de horario reservado para mí; sí, ¡qué caray! Y tecleo, escribo y en cada palabra, cada frase sacudo la memoria y sigues aquí cerquita.

Señoras y señores, ustedes habrán de comprender y asumirse cómplices de estas horas en las que la soledad despierta a la imaginación y los recuerdos se agolpan insolentes porque no piden permiso y son lo que son, diría el filósofo de Güemes.

¿Será, Moy?

En la víspera del quinto aniversario de tu ausencia fui a la nueva Basílica de Guadalupe, construida junto a la antiquísima rescatada y que es una joya colonial; fui convidado por mi compadre Abelardo Martín, padrino de tu hermana Astrid Daniela, para escuchar un concierto de coros en la celebración del 50 aniversario del traslado de la imagen de la Virgen a la nueva Basílica.

Martes de lluvia torrencial, hijo. Y cuando iba rumbo al concierto tu imagen me acompañaba en el pensamiento. Mañana, mañana –me repetía– mañana se cumple otro año y consumo trocito a trocito el espacio de vida que compartiste conmigo, cuando volviste a ser mi vecino de recámara en mi departamento.

¡Ah!, porque en realidad tu independencia, cuando decidiste vivir solo, nunca implicó lejanía. Me llamabas por teléfono y comíamos o cenábamos juntos. Por cierto, tengo fotos de cuando me celebraste uno de mis cumpleaños y te festejé los tuyos, igual el que Yaz nos compartió con una comida en el restaurante argentino con motivo de mi cumple.

¡Caray, Moy!

Esa fue la penúltima ocasión en que estuvimos los tres juntos; la última fue la comida de noviembre de 2016 en El Cardenal de Minería. Ese día la pasamos felices, de poca, fuimos al desfile de brujas y Día de Muertos en Paseo de la Reforma y nos tomamos fotos en al museo próximo a la sede del SAT, en avenida Hidalgo, vecina de la Alameda.

Tengo, de esa ocasión, fotos que atesoro. Tú y Yaz con esa sonrisa muy de ustedes en la tarde sabatina soleada con el fondo del Palacio de Bellas Artes y la Torre Latinoamericana. Nadie se habría atrevido a confiarnos que esa sería nuestra última reunión los tres. No, porque incluso habíamos hecho planes para pasar la Navidad juntos. ¿Te acuerdas?

Corrían días míos de desencuentro mas no pesaba y con ustedes de compañía ni qué decir.

Te comentaba de esa visita a la Basílica de Guadalupe y te comparto: hace poco fui con mi hermano Anselmo a un periplo por aquellas calles que caminamos tantas veces de la escuela primaria Guadalupe Núñez y Parra, en la calzada de Los Misterio hasta nuestra casa en la vieja vecindad de la avenida Martín Carrera, a la que llegaron mis padres en busca de cimentar a la familia. Pero…

Lo reitero, Moy, y me duele el alma: la vida es cabrona, más eso que se llama destino porque mi mamá falleció cuando yo tenía cinco años y no cumplió su deseo de llevarme de la mano a la escuela, porque cuando lo intentó no me admitieron.

“Métalo al kínder y cuando tenga seis años lo trae”, le dijo el director, maestro vestido con traje y corbata. Quizá por eso mi terca decisión de que tú y tus hermanos y hermanas fueran profesionistas y no irme antes de verlos titulados. Y sí, pero…

¡Ay, Moy!

Y te platico que en un año he retomado tareas pendientes, debo completar lo iniciado porque ustedes me lo pidieron tantas veces. Y lo recuerdo cuando entro a tu recámara y en la cornisa maulla Fey, tu gatita compañera de ojos bicolor.

He pasado incontables veces por la calle en la que almorzábamos los domingos; el puesto de los tacos de arrachera desapareció, pero permanece boyante el de los taquitos que te gustaban y me pedías te llevara cuando comíamos en tu departamento.

¡Ah!, estos recuerdos quizá parezcan fruslerías, pero esos momentos llegan a ser tesoro del recuerdo, de esos que arrancan un suspiro y anegan la mirada. Nadie los ama más que quien los sabe y desempolva de vez en vez. Usted lo sabe.

Por eso, habrá de comprender por qué le comparto estas líneas al día siguiente de que digerí en silencio y solitario, el quinto aniversario de la ausencia de Moy, mi amado Moy.

Mañana Dios dirá y ese canijo destino seguirá bordando sin anunciar color y tamaño de la puntada en esta mi vida sin Moy y Yaz, pero con ellos inyectándome elíxir del ánimo renovado, fortalecido. Usted disculpará, pero es asunto personal y se lo comparto. ¿A poco no, Drakko? Digo.

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